Image hosted by Photobucket.com

Monday, September 17, 2007

A propósito de “Debates de la Ética Contemporánea” del Dr. Miguel Giusti

Por Raúl Pastor Gálvez

En “El Sentido de la Ética”, el Dr. Giusti empieza reflexionando acerca del modo en que -en “La Iliada”- Aquiles, furioso, desata su desmesurada venganza personal contra un vencido en el contexto de la guerra suscitada entre dos polis distintas.

El exceso de zaña del que hace gala el héroe lastima profundamente la sensibilidad de los vencidos más allá de lo tolerable. El esfuerzo persuasivo por detener la agresión es en la realidad sólo uno de los muchos recursos para que los vencidos aminoren el oprobio de convivir forzadamente de acuerdo a fines, normas y procedimientos impuestos por sus vencedores que pasan a ser sus gobernadores.

La lucha contra al “exceso” se explica como la resistencia frente al abuso desbocado, pero no necesariamente como un cuestionamiento a la violencia con la que –en la guerra o en la paz- el vencedor militar se impone también económica, política e ideológicamente. Eliminar el exceso es a menudo un modo de hacer tolerable lo intolerable : la derrota que nos exilia dentro de una ciudad que hemos perdido. Incólume el orden ominoso que la vida cívica así implica, el vencido es obligado a convivir sin que se modifiquen las condiciones originales del conflicto, con la única esperanza puesta en la posibilidad de frenar únicamente los excesos del vencedor.

La desigualdad raigal sobre la que descansa el funcionamiento histórico de las sociedades políticas no comporta ‘sentido’ más que para quienes detentan los medios del Poder, pero no para quienes los sufren como indiferencia, daño o abuso. Los demás conviven forzadamente dentro de una jurisdicción regulada por tradiciones e instituciones que -aún no exentas de crisis, crítica y guerras civiles- consagran la indignación como contenido permanente de la vida política.

La esperanza de que límites claros en la heterogénea sensibilidad de la moral ciudadana, o de que ciertos procedimientos sirvieran para hacer más tolerable la “justicia” de los vencedores, o de que allende la razón o la historia –más allá de los límites comunitarios- los órdenes ideologizantes pudieran converger en un ideal y en un orden de justicia universales, rebota contra estructuras políticas que se conforman lentamente dentro de una tradición legalista de la administración. La esperanza de que las apelaciones razonadas de los dominados pudieran imponer la superioridad y la conveniencia de su justeza no deja de ser un horizonte literario existente por la fe en la palabra.

El orden burgués, no obstante haber consagrado los Derechos Humanos como una conquista universal, los ha traicionado ( material y formalmente, sustantiva y adjetivamente, positiva y moralmente, dentro y fuera de sus fronteras ) innumerables veces. Lo que en su nombre hace hoy el Imperio en ciernes es la constatación de que pese a su bella arquitectura los parias o las colonias no pueden abrazarlos como banderas válidas, sino sólo como un instrumento transitorio para resistir dentro del sistema la tiranía disfrazada de república democrática.

La idea de un diálogo racional en un marco asimétrico, por eso irracional, en ausencia de un tercero imparcial, vicia la posibilidad del consenso, como no sea la del método para resolver problemas menores ajenos a los que están en el fondo de la dominación y de la lucha por la justicia, que sólo la violencia institucionalizada mantiene a raya, como la cuota de sometimiento que inevitablemente todo orden estatal supone. El método dialógico para solucionar las discrepancias de los contra-atacantes -dentro de un orden no cuestionado en su origen- hace inaguantable la extensión del dolor durante el largo proceso de perfeccionamiento del orden, pues presupondría que la sensibilidad de las víctimas responde a las racionalizaciones del poder parapetado detrás de sus recursos, e impermeable a la dimensión trágica del horror.

A las víctimas del orden no se les puede pedir que especten impávidos los ritmos elefantiásicos del orden, o a que aguarden los vaivenes de los intereses dominantes. Como el dolor es intolerable, la tolerancia de las ideas no se convalida con la tolerancia de normas e instituciones que consagran la injusticia y la irracionalidad de un orden político que ha perdido toda necesidad histórica.

Labels: ,

1 Comments:

Blogger Eduardo Fernández said...

Me ha caido como añillo al dedo. Justo hoy tenia prueba acerca de este capitulo de " Debates de la Etica Conteporanea" y no recordaba algunas cosas ,pero con tu texto ya esta todo bien. Sigue asi.

Eduardo Fernandez

11:29 AM  

Post a Comment

<< Home