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Sunday, October 14, 2007

¿Qué principios usa USA para intervenir aquí y allá?

Por Facundo Bazán

El principio de la efectividad es a menudo el más usado por los imperialistas colonialistas para justificar sus intervenciones en territorios extramuros de su territorialidad política o jurisdicción estatal. Según éste “los estados-nacionales del sistema civilizado” llevan a cabo una suerte de supervigilancia difusa y compartida respecto de lo que ocurre dentro de todas y cada una de las jurisdicciones estatales del mundo, en orden a consideraciones tales como derechos humanos, desarrollo y pobreza, estabilidad de la región, viabilidad de las instituciones de la democracia, seguridad internacional, sostenibilidad de los recursos estratégicos, y toda suerte de argumentos semejantes, que les franquean el derecho a pasar de la opinión a la intervención.

Esa es la mascarada que usan los Estados Imperialistas para ejercer control con la colaboración de las burguesías nativas, de gobernantes sátrapas y de funcionarios y militares mercenarizados contra sus propias tradiciones institucionales y culturales en los territorios colonializados o intervenidos.

Nunca será ni soñado, ni posible ni permitido, que los pueblos de las naciones colonializadas cuestionen con contra-relatos o con contra-argumentos semejantes a los usados por raptores internacionales, para reivindicar también el derecho a intervenir en “los asuntos internos de las naciones imperialistas” y cuestionar sus relaciones económicas, estructuras políticas o situaciones sociales de explotación, marginación, segregación, estigmatización o pobreza de sus poblaciones pobres, como las de millones de ellos en su presunto mundo civilizado, comprobándose que es cierto que "en el sur hay norte, tanto como en el norte hay sur”.

El principio de la legalidad es, a la luz de la actual práctica del derecho internacional occidental, un garrote amenazador usado como supuesta evidencia de la superioridad vínculante del orden construido por encima de las pautas usadas por las gens sobrevivientes en vastas regiones aún vírgenes del planeta, o por encima de las normas de los clanes y de las tribus diseminadas por los apetecibles territorios donde abundan el uranio, el oro, el petróleo, los diamantes, los rubíes, los zafiros, el gas y las otras exquisiteces del mundo salvaje, o por encima del derecho de las etnias y de las nacionalidades bárbaras, ajenas al egocentrismo formalista del individualismo burgués, para el cual los derechos son sólo reales entre pares, en cambio sólo formales entre los que no son iguales económica, política y sociológicamente hablando, o por encima de los llamados proto-sistemas jurídicos de las naciones con regímenes y sistemas políticos ajenos a los principios, propósitos, procedimientos y parámetros usados por las burguesías occidentales.

El uso del principio de la eficiencia para evaluar el ejercicio benéfico o perjudicial del poder político-económico de los imperialistas sobre sus colonias y áreas de influencia, a la luz de consideraciones tales como las de una efectiva respuesta objetiva, concreta, demostrable, positiva y directa de correspondencia entre los volúmenes de las necesidades ciudadanas, y de sus expectativas, posibilidades y resultados en el bienestar satisfecho de los individuos, nos llevaría a condenar y erradicar inmediatamente la intervención de las transnacionales y de los estados imperialistas occidentales en los territorios, los recursos, las culturas, los mercados y las vidas de las poblaciones precapitalistas de extensas zonas del globo, por evidentemente destructiva, por demás patente en el paso de la irrupción a la hegemonía, de la dominación a la intervención, y de la disrupción histórica a la destrucción definitiva de esos pueblos y de su capacidad para regenerarse.

El uso del principio de la legitimidad nos permite descubrir como falaces las argumentaciones no confesadas explícitamente pero implícitas en el sistema de justificaciones con que la rapiña se disfraza de “solidaridad, protección, cooperación, compromiso o ayuda que los países avanzados se obligan a prodigar a los países atrasados, subdesarrollados o en vías de desarrollo para su supuesto crecimiento, progreso, bienestar y desarrollo”. El fundamento especioso de esa estratagema descansa en realidad en la presunta “superioridad racial, cultural o económica, política, técnica o tecnológica de unos pueblos respecto de otros, hoy hartamente cuestionada y dudosa a la luz del etnocentrismo superado por las ciencias sociales.

Tenemos por tanto el derecho a preguntarnos y a cuestionar si en el orden de la política mundial unas naciones tienen el “derecho o el deber” de intervenir en asuntos que les son ajenos, y si en el orden de las políticas nacionales las clases explotadoras tienen el derecho de hacer pasar la venta de la nación como si se tratara de un crecimiento favorable a las poblaciones vendidas con todo lo demás al mejor postor. Así mismo, dado que somos víctimas de esa presunta ayuda, tenemos el deber de organizarnos para resistir, combatir y vencer tal incursión en una cadena que une al proletariado internacional con las clases explotadas y las naciones colonializadas del mundo que luchan por la emancipación de la clase obrera y la liberación nacional de las colonias.

El principio del reconocimiento o de la representatividad sería también suficiente para desacreditar cualquier intentona patriarcal, tutelar, proteccionista, interventora o cooperante, sea de la especie que sea y trátese del fin del que se trate, como no sea para atreverse a darle efectivamente a los individuos de las otras clases, culturas o naciones el mismo estatus que el de los ciudadanos, las clases y los estados de la metrópoli hegemónica mundial.

Como esta hazaña no podrán realizarla nunca las burguesías promotoras del imperialismo, puesto que ni Caracalla lo pudo hacer en el mundo romano, la usarán siempre como una hipótesis para esgrimir formas abiertas o veladas de intervención. Para que alguien como nosotros intervenga en una soberanía dominante como un par en igualdad de condiciones el orden social de la entidad presuntamente protectora debería negarse a sí misma y negar el orden del cual se sostiene su supremacía. Hipótesis que nunca sucedió en lugar alguno. Por eso un puertoriqueño no es más que un ciudadano de segunda en Norteamérica, como lo fueron los indúes en Inglaterra, o los irlandeses. Por eso sólo los laboralistas ingleses aceptan como realidad la ficción de que un pobre obrero ejerce en Inglaterra los mismos derechos que un miembro de la aristocracia y de la burguesía.

Pero una vez puesta al descubierto por doquier la inmensa no correspondencia del conjunto de las pautas, normas, derechos y principios usados por la enorme mayoría de los pueblos diseminados en la mayor parte del territorio mundial respecto del ideal “moderno y contemporáneo”, enarbolado por las burguesías de las potencias imperialistas occidentales como única ruta y garantía al progreso para la humanidad, es evidente que la “sugestiva” táctica de promover como apetecible y posible esa clase de desarrollo para todos los pueblos del orbe bajo el “liderazgo” del sistema enarbolado por las burguesías imperialistas occidentales no es sino la defensa del orden mundial hegemónico y homogenizante usado para salvaguardar preservar y eternizar, compulsivamente, con el peso de los órganos internacionales construidos en la post-segunda guerra mundial, las estructuras y estilo de vida planetario basado en la conculcación de las otras formas de vida social como peligros o lastres potenciales para el futuro de la humanidad.

Por eso, toda vez que ellas pretenden usar argumentaciones fuertes para recuperar su independencia, gestar bloques de resistencia, o dirimir supremacía o derrotar y destruir al modelo dominante, en vez de colaborar con él, se blande contra ellas la acusación de ser formas de irracionalidad no cooperantes, y entonces se usan las leyes que les declaran la guerra bajo el epíteto de fundamentalismo religioso (no válido para los que elevan a Bush a condición de Arcángel defensor de las puertas del Cielo), o de terrorismo a toda forma de socialismo marxista-leninista, revolucionaria y bolchevique, o de antievolucionismo primitivista para toda forma de ecologismo radical, o de proteccionismo vergonzante contra toda barrera arancelaria alta que se niegue a regalarse a los cuatro vientos de la "integración global".

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