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Tuesday, February 12, 2008

Neoliberalismo, Comercio Internacional y Conquistas Perdidas


Por Facundo Bazán

Recién escuchábamos con interés al dirigente de una de las últimas Centrales de Trabajadores vigentes reflexionar ante cámaras sobre los retos para recuperar la dignidad contra la que complota el poder dentro y fuera del país.
Entonces, echábamos en cuenta que recuperar para el Hombre el lugar que éste tuvo en el proyecto de reconocimiento de sus dotes como agente intencional, productivo y creativo irremplazable en el proceso social equivale a defender en principio la decencia que la humanidad reclama como emancipación por el trabajo si este dejara de ser embrutecedor, vejatorio, esclavizante y excluyente, pero sobre todo a comprometerse en consecuencia con la recuperación práctica de la dignidad y la seguridad laborales perdidas, para empezar.
Recordar cómo se convirtieron esos principios en derechos laborales a través de las luchas desplegadas en unas ramas primero, luego en algunas naciones, y finalmente en el mundo, es revivir la zaga de una hazaña cuya continuidad histórica nos convenció antes y nos acicatea ahora, por las rutas de la reforma y de la revolución, a trabajar políticamente para transformar el mundo del trabajo o a transformar el mundo del trabajo político para realizar un mundo liberado de sus actuales condiciones, en una estrategia mundial de promoción permanente.
El 1ro de mayo de 1886 se hizo realidad no sólo por la justeza de la propuesta de la Internacional Socialista sino como consecuencia de la gran movilización obrera por la reducción progresiva de la jornada laboral por el doble del salario a medida que este fuera más productivo, pero sobre todo por obra de la brutal condena a muerte de sus mártires, como ahora amenaza hacerse en el Perú del D.Leg conque el APRA pretende criminaliza las luchas laborales, populares y regionales.
En Perú, el 1ro de mayo de 1905, la Federación de Obreros Panaderos organizó un acto para celebrar aquella gesta, pero terminó siendo la ocasión para jurar el inicio de una lucha común para conseguir lo mismo o más. En torno a esa jura se unieron los principales núcleos obreros textiles, portuarios, tipográficos, etc. El paro general del 19 consiguió el reconocimiento, la vigencia y la ampliación universal de las ocho horas, pero también el acceso del obrero al tiempo libre, mejorando la vida familiar, social y cultural, pero sobre todo la vida política con la asunción obrera de responsabilidades públicas antes impensables, y finalmente la absorción de conocimientos necesarios para el despliegue empresarial.
Desde los 90 pareciera no sorprender a nadie el retroceso humano que ha supuesto la victoria neoliberal en los tiempos de la revolución tecnocientífica que comanda la unipolaridad del mundo globalizado. Por eso parece natural que todo esto conduzca a la mayoría de Estados a negar la vigencia de derechos laborales sacros bajo el pretexto de la rentabilidad, la eficiencia y la competitividad agresiva, que sobre-explota trabajadores al amparo de legislaciones presuntamente promotoras de la inversiones en renglones mundialmente rentables. Parecciera por ello menos punible y vergonzoso la total prostitución de la jornada bajo el imperio de un sin fin de regímenes "especiales", de las horas extras y de las modalidades de contratación "sui géneris", introdución hecha de laprecariedad, la informalidad y el desamparo por doquier.
Por eso vale recordar que pese al talante de la pasada expansión industrial las reivindicaciones obreras cobraron mayor fuerza, superando los manejos y resistencia de las burguesías, los gobiernos y los ejércitos del mundo, porque en esa nueva correlación era claro que la nueva política la hacían las masas asalariadas en nombre de reivindicaciones concretas y de programas históricos. Ante esto nada pudieron hacer los juristas, para impedir la irrupción de los nuevos derechos, sino únicamente dedicarse a embrollar las normas, con el auxilio de los políticos de la derecha cavernaria y de la izquierda connivente, en la maraña de leyes dispersas, contradictorias y laberínticas, pese a lo cual la organización sindical se afianzó.
El sindicato y la huelga pagada fueron reconocidos como derechos incuestionables y la negociación colectiva como el procedimiento racional y legal para acortar la diferencia progresiva entre el aumento de la productividad del trabajo, la rentabilidad de las inversiones y el constante desfase de las necesidades obreras respecto de esos otros factores. Entonces los pactos y los convenios adquirieron fuerza de ley entre las parte y ante el Estado, cada vez más en función tuitiva, así como los organismos internacionales empezaron a destacarse por universalizar abiertamente cada una de las conquistas bajo el principio de que en materia laboral se ganan derechos pero nunca se los pierde.
Los accidentes de trabajo y las enfermedades profesionales fueron asumidas a través de la Seguridad Social, tanto como el concepto previsional obligatorio de la jubilación y la cesantía benignas. El trabajo infantil y femenino fue estrictamente reglamentado. Los acuerdos OIT adquirieron rango constitucional en lo tocante a la libre sindicalización, las vacaciones pagas por 30 dias, y la actualización permanente de los sueldos y los salarios mínimos, al amparo de la estabilidad. Todo esto hoy casi se ha perdido, junto con la capacidad de los gremios máximos a enfrentarse más allá de los topes del pasado con la avanzada más recalcitrante y proterva de la derecha ilustrada, partidaria descarada del autoempleo de subsistencia en economías subsidiarias, marginales y terciarias, como la nuestra, donde ellos confunden emprendurismo con el más vil y egoista concepto del individualismo.
No obstante el inusitado aumento de la productividad del trabajo, a la luz de las nuevas técnicas, tecnologías y andamiajes científicos, de la liberalización y la apertura de los mercados financieros y comerciales, y de la revolución en informática, comunicaciones, robótica, genética, nanotecnología e ingeniería de materiales inteligentes, todos se han lanzado por la senda de la competitividad sin cuartel sacrificando al trabajo, el lado más débil de la contradicción social, a manos del capital financiero y comercial, tótem del exitismo, la privatización y la minimización del Estado.
La intensificación de la competitividad global y la estructuración empresarial en redes de distinto género ha dado paradójicamente lugar a procesos abiertos de descapitalización global y de práctica oficial del “dumping social”, oculto tras el recorte de los derechos y de los costes laborales, considerados “de baja ineludible”. Esto es de hecho un eficientismo puramente propagandístico, pues, basado como está en la búsqueda de un concepto de calidad totalmente ideologizado, no duda en sacrificar instituciones, normas, principios, procedimientos y tradiciones consagrados por la modernidad en su mejor momento.
Si la automatización reduce la mano de obra en sectores productivos básicos, en cambio no puede impedir que la calificación de los recursos humanos se vuelva una tendencia y una estrategia ineludible en la ruta de la creatividad empresarial, razón por la que es absolutamente incomprensible que la importancia de semejante clase de trabajo sea, en cambio, encorsetada jurídicamente en marcos que le constriñen a relaciones de trabajo dominadas por modalidades precarias, no definidas, no dependientes, ni indefinidas, ni inmediatas; pese a que se proponen permanentemente absorber : información adquirida por otros, conocimientos eficaces sin patentar, la versatilidad de inteligencias cualitativas, el conjunto asistemático de experiencias laborales valiosas y el conjunto de los hallazgos educativos personales o grupales por encima de sus referentes de orígen nacional o de propiedad social, sin embargo cautivos.
La insignificancia de algunas naciones o bloques de naciones en el juego de roles internacionales asignados por las metrópolis, junto a la precarización antes aludida, vulnerabiliza los mercados sometidos al juego "constructivo" de fantasías efímeras y a la destrucción repentina de economías "prometedoras", como parte natural del juego del coliseo neo-romano donde unos leones se comen a otros, demostrando que la vulnerabilidad de todos respecto del fracaso y la quiebra es la condición primera para vencer macabramente donde todos pierden todo.
El acariciado sueño del pleno empleo, el bienestar o el subsidio al desempleo de las paradigmáticas economías otrora boyantes sucumben en medio de la oleada de recortes de costos empresariales y fiscales, mientras los prescindibles y los excluidos aprenden a subsistir como una subcultura desintegrada o un subproducto aislado pero difundido, retrotrayéndose a la práctica redescubierta de la solidaridad familiar, comunal, criminal o tribal del ghetto protector.
Pese a todo, el sindicalismo al que el pensamiento único dominante asoció con formas “primitivas y radicales” del pensamiento social industrial y post-industrial, no ha sucumbido del todo bajo la sospecha que le vincula con el terrorismo y afines, práctica promovida como todos saben por la propia derecha internacional. Por eso es que entre nosotros, luego de largos, sangrientos e inútiles procesos similares, el 20 % de trabajadores está en planilla, y de estos el 7 % está sindicalizado. Así, pues, los sindicatos siguen siendo insustituibles como mecanismos de representación y de contrapeso de los trabajadores frente a los empresarios, el Estado y el imperialismo, toda vez que los pactos, los convenios, los tratados y las leyes laborales valen menos que el papel donde se escriben, como rezagos inútiles de una formalidad que nada dice a nadie.
Han vuelto a florecer, pues, todas las formas de la intolerancia, la discriminación y el trabajo forzado o esclavizado, en lo que parece un rasgo involutivo del tercer milenio dominado por las más altas formas de la racionalidad científica, sin embargo, capaz de actualizar los horrores que gentes fuera de toda sospecha comunista, como Tocqueville, Orwell, Huxley y otros, han advertido y pintado con tan espeluznante premonición y maestría.

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2 Comments:

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2:45 PM  
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